viernes, 12 de agosto de 2016

Fragmentos de una mente sin memoria.

Él caminaba distraído. La sonrisa en su rostro reflejaba el resultado de un gran día, un día en el que no había lugar para desperfectos y mucho menos para la furia. Por primera vez en su vida no se encontraba esperando algo, simplemente vivía y dejaba que el fluir cotidiano lo atrapara. Los andenes estaban repletos, las personas rugían y el caos de la hora pico se mantenía a flote. Nada importaba, el desorden se volvía mudo ante la cúpula de su pensamiento. 
     Dentro del vagón, las personas se empujaban con la misma gracia de los pingüinos, acurrucándose entre sudores ajenos y carcajadas desvergonzadas. Algunos godínez conversaban acerca de lo pésimo de su trabajo, de lo poco que les pagaban o de la chica nueva. Otros leían un libro o escuchaban música y muchos más se mantenían callados. 
     TURURÚ:
"Próxima estación: Atlalilco. Correspondencia con: línea 8; direcciones: Constitución de 1917- Garibaldi/Lagunilla. Prepare su descenso; apertura de puertas: lado derecho"
     Se despidió de Aarón, Las puertas se abrieron y salió sin prisas. Hombres y mujeres iban y venían, activos y veloces. Sintió una silueta conocida rozando su brazo izquierdo, una presencia antes percibida... ¿sería verdad? ¿Acaso sería ella? Decidió ignorar sus sensaciones por siete segundos. Siete segundos de eternas dudas y presentimientos. Siete segundos en  los que su memoria sufría pinchazos eléctricos, descargas premonitorias que parecían avisar de un acontecimiento importante próximo. 
     Giró. 
     Era ella. 
     Se acercó y le saludó. 
     Siete segundos después se enredaron en un fuerte abrazo, de esos abrazos que él necesitaba desde hacía tiempo. De esos abrazos que sólo ella podía dar y que era imposible encontrar en alguien más. Sintió su aroma invadiendo sus recuerdos, mientras su mente comenzaba a recopilar fragmentos de lo que creía desaparecido. Después de seis años de ausencia, tenía frente a él a la mismísima Elena. La misma Elena con la que competía en la primaria por tener las mejores calificaciones, la misma con la que peleaba en los ensayos de la escolta, la misma que meses después se convertiría en su mejor amiga. Era ella tomándolo entre sus brazos, restaurando cada fragmento perdido entre distancias, grietas y cicatrices. La pieza invisible del puzzle, la huella borrada por el mar, la estrella perdida en el universo, todo eso fue sin siquiera saberlo y ahora estaba ahí para confirmarlo. 
     También recordó los besos ilegales, las caricias culpables y el tiempo compartido, el día en que ambos cayeron, el día que se levantaron, la incredulidad, el desafío, los retos, sus manos, su voz, su alma, sus pechos, su vientre, su cintura, la vanidad, el apoyo... El adiós.
      Todo esto en siete segundos.
      Al final un abrazo había servido para restaurar los fragmentos de una mente sin memoria. Ambos sabían que después de eso, algo quedaría ardiendo en su interior: el fuego invencible del adiós sin despedida.
      Y volvieron a sus rumbos. Como el cometa que divisa por unos instantes sólo para volver a marcharse. Ella subió al tren y él bajó las escaleras. 
     Él caminaba distraído. La sonrisa en sus rostro reflejaba el resultado de un gran día...


domingo, 7 de agosto de 2016

Mendigando amor.

No fue una tarea fácil.
     Después de varios adioses y bienvenidas apareciste tú; sin un par de ojos excepcionalmente bellos, sin un cuerpo exquisitamente tentador ni el detalle perfecto de estar siempre a mi lado. Apareciste sin más, con una sonrisa en el rostro y miles de flechas apuntando a mi corazón. Todas dieron en el blanco.
     Llegaste para perturbar todo este aburrimiento rutinario, para terminar con la monotonía del la vida sin emociones. ¿Y de qué ha servido? Así como llegaste comienzas a esfumarte, con la misma rapidez con la que se extingue un cigarrillo, con el mismo paso de un caracol apresurado. Así te vas, sin prisas y al mismo tiempo sin intenciones de quedarte. Está bien, tampoco puedo retener algo que no existe. Fue lindo sentir lo que sentí. No es enamoramiento pero vaya que se le parece. Ahora es tiempo de seguir buscando aquello que encontré en ti, el entusiasmo, las risas compartidas, la alegría envenenada.
     ¿Dónde, dime dónde? Si tuvieron que morir tres lunas antes de encontrarte, si el sol tuvo que apagarse para poder mirarte, si las nubes tuvieron que llorar para poder contenerme. ¿Dónde, dime dónde? ¿Segura que podré hallarte en alguien más? Que quede bien claro: si el amor no es sedentario, es por culpa de un interés vagabundo.
     Es curioso, pasé mis días escribiéndole a nadie sin gran inspiración, y ahora que te tengo a ti, simplemente no atino qué decir. 
      Pero estás desapareciendo. Haz sido el adiós mejor bienvenido al que me resigno. Para ser sinceros no quiero que te marches. No quiero sin más, expulsar de mí la inquietud de saberme enloquecido. ¡Se siente tan bien! No te apartes, por favor. 
     Y si al final de cuentas decides no quedarte, no tendré más opción que seguir entregándome a la indigencia. No tendré más opción que seguir mendigando amor.