domingo, 20 de marzo de 2016

Los hombres de fuego.

«¿Desde hoy a cuántos versos estoy de la muerte?»
                                                                 -LosPetitFellas

Existe un grupo de personas que merece el infierno, y son los que escriben poesía. 
     Este tipo de sujetos suelen ir por la vida destrozando corazones, enamorando almas, ilusionando mentes, enloqueciendo cuerpos. Si un día te ofrecen el paraíso, no les creas, estos individuos suelen regalar sufrimiento disfrazado de millones de gestos románticos y palabras melosas. Ellos no te ofrecen una vida juntos, sino una muerte juntos. En cada respirar te robaran el aliento, venderán tu alma al diablo y sacrificarán cada centímetro de tu piel en un incendio pasional. Si crees que los puedes domar, adelante, inténtalo. Ya después me cuentas quién domó a quién. 
     Los hombres de fuego no son más que espectros enviados por satanás, ocultos bajo capas de piel humana aparentemente sensible y silenciosa. A veces se vuelven el agua que humedece lugares secretos, o el viento que agita con fuerza los cabellos, o la tierra que resbala entre dos mundos. 
     Si de casualidad te topas con uno, corre para salvarte o aférrate para perderte. De cualquier manera, por uno u otro camino sentirás su presencia ausente. 
     Cuenta la leyenda que eran los favoritos de Dios, su mano derecha. Sin embargo, la historia cambió cuando estos se volvieron mejores que Él mismo. Muy pronto se convirtieron en los amos del amor y la aversión. Ellos controlaban la lluvia para quererse o para matarse de tristeza. Manipulaban la primavera y el invierno. Ellos crearon el Otoño para los felices y desamparados, según le conviniera. Hipnotizaron a los reyes para luchar por sus amadas en guerras aparentemente territoriales. Y fueron expulsados.
     Así es como Dios trajo a la Tierra a los hombres de fuego, cubiertos bajo una máscara con etiqueta de «Poeta»...


sábado, 12 de marzo de 2016

Manifiesto de un árbol ondulante.

La calle estaba vacía casi por completo. La poca gente que transitaba los caminos, cargaba con abrigos gruesos, guantes, bufandas y algunos paraguas. El clima se tornaba bipolar, con cambios de estado cada cinco minutos, pero eso sí, con un viento exquisito que golpeaba con frescura.
Yo cargaba con una chaqueta delgada que permitía al frío traspasar hasta mi piel, y aunque tiritaba por su intensidad, me sentía enteramente complacido por su dulzura.
     Me senté en el primer banco que encontré, mientras una llovizna leve caía junto con unos rayos de Sol. Una ventisca que venía del Oriente atacó con furia, haciendo ondear a todos los árboles, excepto a uno. Me maravillaba el hecho de mirar las hojas moviéndose al ritmo de una música inaudible pero existente, con las ramas crujiendo cual maracas melodiosas y los pajarillos volando a quién sabe dónde.  Después de unos segundos nuevamente se sintió el golpeteo, y nuevamente el árbol se mantuvo inmóvil. ¿Qué carajos estaba sucediendo? Así ocurrió otras cinco ocasiones, con todos a su alrededor yendo y viniendo y él, simplemente, reposando en rebeldía.
     Finalmente, cuando una brisa tibia atravesó el lugar, el árbol dio una sacudida nerviosa. Con timidez me acerqué de a poco hasta donde estaba el dichoso soberano.
     —¿Qué miras muchacho?
     No pude más que dar un paso hacia atrás, después me quedé paralizado. ¿El árbol me estaba hablando?
     —¿Qué es lo que te sorprende?
     —¿Te parece poco que un árbol me esté hablando?— logré soltar.
     —Tal vez deberías ser más atento. Todo el tiempo lo intentamos.
     —¿Por qué... cómo... cómo es que pudiste permanecer inmóvil ante tan fuerte viento y con tan sólo... con tan sólo un empujoncito... ¡Cómo!?
     —Me parece increíble que el humano aún no pueda entender algo tan simple. ¿Tú que crees? Uno no puede dejarse llevar por la primer muestra de poder. Uno no puede sin más, dejarse llevar por algo que parezca irresistible, o por lo que todos se vuelven locos. No mi amigo, no hay que ser ridículos seres sin razonamiento. ¿Ya lo entendiste?


Abrí los ojos, con la espalda fría y temblando, recostado sobre el banco. Por supuesto que era un sueño. Sin embargo, el sueño no siempre está tan alejado de la realidad; constantemente, desde niño, me gustaba sentarme a observar cómo se movían los pinos, los naranjos y las jacarandas, porque eran señal de vida, porque antes de moverse, no eran más que sujetos envueltos en timidez, en misterio y resignación, como miles de personas en el mundo (entre ellas, yo). Dejar correr las hojas significa liberarse y al mismo tiempo permanecer atado a lo que eras, eres y serás. ¿Por qué el árbol no se movió con las ráfagas de aire? Sencillo, no era el viento correcto. El viento, para los árboles, es el equivalente al 'amor de la vida' de cada humano. Hay que encontrar el adecuado, hay que moverse por el adecuado, hay que temblar, reír, llorar, explotar, revivir, calcinarse por el adecuado. Los demás no son más que vientecillos ocasionales, apenas un soplo que no logra levantarte ni un sólo cabello. No se trata de la fuerza, el poder o el engañoso placer que puedan darte, sino de la delicadez con que logran enviarte a un infierno paradisíaco.
     ¿Quién, si no tú, podría mover mis ramajes y destruir mi tronco en mil pedazos?



sábado, 5 de marzo de 2016

Breve historia de un marciano y una mujer.

Al salir del bar, comenzamos a caminar en medio de la negra noche. Así, a esas horas nocturnas y sin la multitud fastidiosa, la ciudad se tornaba color perfección. La incandescencia de las luces amarillentas contrastaban finamente con la lobreguez mansa de una ciudad menospreciada.
     Bella y risueña, ella caminaba a mi lado, con una alegría que demostraba que le había gustado la poesía de José de la Serna y sobre todo, el poeta. Su caminar era infantil y lleno de ternura, «¿cuánto más durará esta amistad?», medité, mientras la observaba, igualmente feliz. Seguimos avanzando hasta sentir un leve golpe en la nuca, segundos después de un destello alucinante.
     Cuando despertamos, un espacio metálico y sin chiste nos rodeaba. Parecía cualquier laboratorio tecnológico de alguna caricatura, sólo que este carecía de grandes avances o cosas increíbles. Al menos eso creímos.
     —¡Ah! Ya despertaron—, nos dijo una voz que recitaba un español machucado y grotesco. Seguramente un extranjero. Una puerta deslizable se fue abriendo con lentitud, hasta dejar ver a quien parecía un verdadero extranjero, no sólo del país, sino del planeta mismo. La piel escamosa, de forma humana pero enrarecida, los ojos saltones y los labios anchos. Su tez era levemente rojiza y su cuerpo tenía una delgadez inquietante.
     —No se preocupen, no les haré daño. Los golpeé por accidente; la verdad es que los aterrizajes no se me dan muy bien. Quiero darles mis felicitaciones, en mi mundo la tecnología no está tan avanzada como el suyo.
    —¿De qué hablas? Lograste venir hasta aquí, algo que los terrícolas jamás hemos logrado.
    —No es gran cosa. En cambio, todo lo que tienen aquí es tan... magnífico.
     ¡Vaya sorpresa! El alienígena parecía realmente asombrado. Yo también.No por su aparición, sino por la impasibilidad con que controlaba el momento. Jaqui también estaba tranquila. ¿A dónde se habrían marchado nuestras emociones? Nos miramos y no pudimos evitar estallar en carcajadas.
     —Oye viejo, ¿qué es lo que buscas?
    —Nada, en realidad. Aunque, ya estando aquí, ¿qué es lo más preciado para ustedes los humanos?
     Levanté el dedo índice para señalar a mi compañera.
     —¿Ella?
     —Te explico— le dije. Sucede que aquí, en la Tierra, hay algo más valioso que el dinero, el oro o el universo mismo; les llamamos amigos, y no tienes idea de la riqueza que estos te darán. A su lado puedes vivir lo inefable, incluyendo esto. ¿En Marte qué es lo que tienen? Seguramente nada comparado con semejante tesoro. Créeme amigo mío, no hay nada mejor. Ellos te ayudan a sostener la tristeza que en ocasiones pesa tanto como cien soles. Ellos te roban sonrisas que ni el amor de tu vida logrará algún día. ¡Ella, extranjero curioso, ella puede sumergirte en los abismos con el único propósito de subir contigo a la cima de nuevo!
     —Pero no es brillante, no es grande— replicó confundido.
    —Es porque aún no haz conocido su corazón.
     —¿Corazón?
    —¿Ustedes no tiene uno? Ja, ja, ja. Ya veo, es por eso que deben ser tan pobres.
    —¿Dónde se consigue un 'amigo'?
    —En cualquier lado; no tienes que buscarlo. Siempre lo encuentras, por fortuna.
    —Pero...
     —Pero nada, anda a buscar a tu compañero de viaje.
     —¿Y si me regalas al que traes contigo? Ahora que lo dices, sus pupilas reflejan un gran valor.
    —Lo siento, viejo. Ella es mi Duvalín.
     —¿Duvalín?
     —Es una golosina. Mira, para terminar pronto, a tu Duvalín no lo cambias por nada.
     Jaqueline me dio un fuerte abrazo, de esos que te reconstruyen y te alimentan. Nos levantamos y nos fuimos. Atrás, dentro de su nave, el muchacho extraterrestre permaneció absorto hasta quién sabe cuándo.




sábado, 27 de febrero de 2016

Museo andante.

Tres de la tarde con cinco minutos. El caos de la ciudad se redujo a un silbido en mis oídos, que sólo puede ser escuchado al cerrar los ojos. La tranquilidad que en ese momento me invadía parecía ser excesiva, y no obstante, bastante placentera. Al abrir los ojos me encontré con decenas de personas circulando por el centro de la ciudad. El turibús paseaba con un montón de extranjeros que se empeñaban en tomar fotos a casi todo lo que veían. Algunos chicos vulgares levantaban el dedo medio a los fotógrafos visitantes y otros cuantos se limitaban a reírse del acto. Me levanté y caminé rumbo al palacio de Bellas Artes, pero tan sólo después de unos pasos decidí ir en otra dirección. Al llegar a la calle Justo Sierra doblé a la derecha y continué mi caminata, que se detuvo frente al antiguo Colegio de San Ildefonso. 
     «La belleza de lo imperfecto» se leía en un cartel al lado de la puerta de entrada. El título sonó tan atractivo que decidí entrar. La arquitectura del lugar siempre me ha gustado, o quizá sea más correcto decir que me fascinan las fachadas antiguas. 
     La fila de personas era corta y avanzaba con agilidad. Era mi turno, cuando detrás de mí sentí un ligero golpecito. «Lo siento», dijo una voz tierna y melosa, «venía leyendo y no calculé mi distancia». «No te preocupes», respondí. Era una chica bajita, con el cabello a la altura de los hombros y los ojos rasgados tipo oriental. Pero no era asiática, claro estaba. Eran de esos ojos excepcionalmente bellos, pequeños y brillantes, como sólo las mexicanas pueden lucirlos. 
     Entramos a la exposición, más mi atención no pudo centrarse jamás en lo artístico del museo, sino en la pieza majestuosa y monumental que había chocado conmigo minutos antes. Era delgada pero bien formada; las caderas anchas y mesuradas, las piernas parecían esculpidas por el mejor escultor de la antigua Grecia, una cintura de abeja y el cuello de lo más apetecible. No caí en cuenta de lo rápido que pasó el tiempo, pues de la nada, ya nos encontrábamos de nuevo afuera del espacio de exposiciones. Ella decidió subir al segundo nivel y quedarse ahí unos momentos. Desde abajo lucía espectacular, como princesa de balcón. Permanecí observándola embobado. hasta que ella se percató de mis miradas. Me sobresalté, lo cual provocó una sonrisa tímida y coqueta por su parte. ¿Eso no debería considerarse también un delito? Sonreír de esa manera podría acabar con la razón de miles de ingenuos como yo.
     Resignado a mi cobardía, salí del lugar decidido a volver a casa. Todavía deambulé unos minutos antes de meterme en el horno de nueve vagones: el metro. A esa hora seguramente iría a tope de gente y sería difícil transportarse, pero mi tranquilidad me orilló a no tomarle importancia. 
     Para mi sorpresa, la estación Revolución se encontraba casi vacía, con varios asientos disponibles. Ingresé al cuarto vagón y tomé asiento. Al llegar a Chabacano me bajé para tomar el transborde hacia la línea verde. Nuevamente me encontré con un tren bastante tranquilo. Ahora tomé asiento en el tercer vagón. Cuando las puertas estaban a punto de cerrar, la chica asiática-mexicana entró deprisa y se sentó a mi lado. No advirtió mi presencia, pues nuevamente iba sumergida en su lectura. ¿O acaso ni si quiera me había reconocido? «De amor y otras muertes horribles» por José de la Serna, era el dichoso libro que la entretenía tanto. 
     —Tiene usted unos ojos realmente preciosos— le susurré al oído, interrumpiendo su lectura. No supe de dónde había surgido el valor, pero ahí estaba, y no pensaba dejar que se extinguiera.
     —¿Ah sí?— dijo en respuesta, igualmente directo a mi oreja. 
     —Sí. ¿Sabe qué más me encanta de usted?— formulé de manera provocadora.
     —Muero de ganas por saberlo.
     —Su educación y sencillez. Si yo hubiera estado en su lugar, probablemente habría ignorado cualquier tipo de coquetería. En verdad agradezco que no sea así.
     Soltó una risita infantil. Era claro que no era eso lo que esperaba escuchar, sino algo más sensual y explícito. Toda esta conversación se mantuvo entre los labios y el oído. Nuevamente me acerqué, y con aire de misterio y lentitud, musité:
     —¿Por qué seguimos susurrando?
     Una nueva carcajada ya no tan retenida se escapó de su boca. 
    —Fernando Figueroa.
     —Patricia Delgado.
     Nos dimos la mano y un beso en la mejilla. 
     —El próximo sábado, a las tres, te invito un helado.
     —A la orden capitán. Ja, ja, ja.
     Y realmente eso era. No le estaba preguntando, sino informándole que era un hecho que nos veríamos. Porque a las mujeres suele gustarles la seguridad. El truco está en no hacerles preguntas sino afirmaciones. Esto, claro está, no responde a una ley universal.
     Sorprendentemente al mirar la estación en la que el metro se había detenido, me di cuenta de que ya estábamos en Iztapalapa, a tan sólo una parada de mi destino. ¿Había tardado tanto en hablarle?
     —En la siguiente bajo. Nos vemos el sábado.
    —Deberías darme tu teléfono.
    —No lo necesitaremos, Toma eso como una garantía de que ambos nos presentaremos sin falta.
     —¿Y si tengo algún inconveniente?
    —Confío en que harás lo imposible por deshacerte de él y acudir a nuestra cita.
     Le di un suave beso en la comisura de los labios. Sus ojos se cerraron llenos de ternura y pasión. El tren se detuvo, las puertas se abrieron y yo salí de ahí.
     En un asiento de aquél vagón del metro viajaba la que quizá podría ser la estatua de una diosa antigua que había cobrado vida. Una hermosa escultura que habría escapado del museo más prestigioso del planeta, un cuadro de Van Gogh o el lienzo sagrado de un rey pasado. No había arte que pudiera superar la belleza que se encontraba dentro de aquel museo andante. 
     Vaya uno a saber las grandes reliquias que guardaba dentro. Pero estaba dispuesto a averiguarlo...
     



martes, 16 de febrero de 2016

El hombre de cristal (Un breve brote de soberbia).

Obsérvame. 
     Mírame con detenimiento. 
     ¿Lo puedes ver? No hay secretos en este lugar. Todo es transparente, frágil y honesto. 
     Toca con cariño cualquier región de este cuerpo y te darás cuenta que puede desbaratarse en un segundo. Así es. Dame un poco de calor y de ternura, sólo un poco de muestra de afecto y ante ti tendrás a un guerrillero que cubre tus espaldas. 
     Si ves a través de mis ojos, sólo verás la parte trasera de mi cabeza. Verás lo que hay detrás de mi nuca. No esperes encontrar belleza, galaxias o refugio. Aquí hay nada. Todo es tan puro y sincero que lo único que puede ofrecerte esta mirada alucinante es la realidad, lo que todo el mundo esconde. Si de casualidad te llegas a encontrar en el reflejo de estas pupilas marrón, siéntete feliz: ya formas parte de una pequeña fracción de mundo sin mentiras. 
     ¿Qué te parece mi boca? ¿Demasiado ancha? ¿Sin chiste? Qué más da. Aquí encontrarás las palabras más explosivas que jamás imaginaste. De aquí brotan voces de amor loco y sangrante. Nunca aceptes que te ame sino piensas soportar el dolor que te causará la ausencia de este troglodita. No dejes que te hable al oído si no quieres perder la razón. No dejes que bese tus labios si no puedes soportar la demencia. No te molestes en discutir conmigo porque mi lengua avienta argumentos invencibles. No, no, no. Estoy exagerando. Pero si no tienes ni una pizca de lógica ni razón, ahí sí que no lo intentes. O como gustes, a veces me divierte la estupidez (Si tienes un gran guión de debate, estaré contento de charlar contigo, incluso si salgo perdedor). 
     Ahora concéntrate en mis oídos. Escucha todo lo que ellos gritan. Murmura todo lo que su sordera impone. Ellos sabrán ser pacientes cuando te aqueje algún penar. Procesarán Todo, escupirán algún consejillo barato por mis labios y olvidarán Todo, como Todo un caballero. 
     No te molestes en ver mi nariz, pico de ave que no sirve más que para detectar su olor. 
     Pero no dejes de mirar mis manos, ni tampoco mi corazón. Ambos forman parte del único sentido exitoso en mi materia: el Tacto. Cuando te acaricie con los dedos creerás que lo hago con el corazón, y cuando este último te toque el alma, creerás que te arrullo entre mis garras. Pero también sé tocar con el lápiz, con el bolígrafo y el pincel. Si quieres vivir el roce de una letra, un boceto o un lienzo, basta que tomes mi brazo, y encontrarás el placer inmisericorde. 
     Finalmente, mírame completo. ¿Te parece que soy el que creías que era? Ya sé, ya sé; esto suena tan inmodesto, tan poco maravilloso, que hasta yo me odiaría. Un ratito no más. 
     ¿Te parece que soy el que creías que era? Por supuesto que no. Ni aún con esta ficha informativa lo lograrías...
     



jueves, 11 de febrero de 2016

Efecto placebo.

«El término "efecto placebo" fue acuñado por el anestesista americano Henry K. Beecher en 1955. Henry observó que al menos un tercio de los pacientes mejoraron cuando se les suministraba un placebo, es decir, se les suministraba una pastilla semejante a un medicamento habitual con mismo color, forma y sabor, pero sin ningún efecto farmacológico...»
 ¡Miénteme!
     Estoy enfermo de lo único que parece contagiar irremediablemente a todo el mundo: el virus del amor. Hace días que me encuentro débil, moribundo y seco. Hace días que mis manos, mis ojos y mis labios recordaron cada milímetro de su ausencia. Hace días que he querido correr por tu auxilio. Hace días, que lo único que quiero gritar es:
     ¡Miénteme! Dame un amor falso. Haz que me enternezca con tus pensamientos inocentes y dulcemente pervertidos. Debilita mis piernas con esa mirada explosiva. Déjame quieto y loco mostrándome tus pupilas. Paraliza mis latidos con un suave roce de labios y arráncame el corazón con besos intensos. Entrégame tu cuello y el lunar de tu hombro derecho. Déjame reposar en tus pechos hasta tranquilizarme por los días malos. Condúceme hasta tu vientre, seduce mis sentidos. Intenta evitar que juegue con tu ombligo aún cuando ambos sepamos que eso te gusta. Disfruta del sexo oral y del apretón de nalgas. Haz un huracán al mostrarme tus piernas y dame alas para llegar a tus pies.
     Acaríciame y deja que mi cuerpo sufra terremotos de placer. Bésame y detén el tiempo cuando sonrías. Háblame al oído diciendo que me quieres hasta erizar mi piel. Platícame mil y un tonterías, dos o tres importancias y una avalancha de nimiedad. Muéstrame tus ojos tristes y hazme sentir que soy un super héroe que resguarda tu paz. Deja que acaricie tu mejilla. Permite que te escriba poesía y te recite algunos versos baratos. Dame todo al punto de creer que soy el hombre más afortunado del universo.
     Hazlo, Por favor. Hazlo.
     Como ella lo hizo algún día.
     Como ella...
     ¡Como ella!
     ¡COMO ELLA!
     Aunque sea mentira. Aunque no sea más que una dulce ficción.
     Necesito creer que hay una cura.
     En pocas palabras, quiero que me hagas el amor, sin siquiera tener que serlo.
   
   


martes, 2 de febrero de 2016

Síndrome de Frégoli.

A final de cuentas estamos sólo tú y yo. Pero esto no es lo que esperaba. 
     
Nos dimos un último beso, señal de que todo estaba extinto. Con lentitud impúdica comenzó a retirar las sábanas y a vestirse. Todo en ella era pureza, sinceridad y pasión. 
     —Mucha suerte— dijo. La puerta soltó un chirrido triste y con un suave golpe se cerró. Esto no era una tregua, ni mucho menos una prórroga, era el final. Jamás hubiese dejado que se marchara sino fuera porque a mi lado, ella no hacía más que sufrir. El peor enemigo no siempre es malvado, a veces, la bondad es tan mortal como el infierno mismo. ¿Cómo vencer a quién te deja sin aliento? ¿Cómo combatir a quién no hace más que cuidarte? 
     Lo admito, la extrañaré. Extrañaré cada rincón de su cuerpo, cada lunar, cada roce. Extrañaré los cielos y los abismos, los gritos y los silencios, los adioses, las bienvenidas...

     Me enrosqué entre las cobijas, decidido a dormir unos minutos más. Mi cuerpo estaba tenso. Mis ideas volaban cual pájaro ciego, de aquí para allá, a gran velocidad, hasta estrellarse con las paredes de la realidad. 
     No podía estar más en ese lugar. Me vestí, me puse los zapatos y comencé a caminar con pasos retrasados y a tanteos. Me detuve un momento e intenté concentrarme. Uno. Dos. Dí rápidas pero controladas inhalaciones y exhalaciones. Seguí respirando con los ojos cerrados hasta que estuve seguro de haberme recuperado. 
     —¿Se le ofrece algo más, señor?
     —¿Mariana?
     —¿Perdón?
     No. No era ella. Era la recamarera, que no pudo evitar mirarme con extrañeza e incertidumbre. «Disculpe, la confundí. De hecho ya voy a retirarme, muchas gracias». Crucé la puerta y entré al elevador. «Buenos días», «Buen...» ¿Tú aquí? No, no, no. «¿Se encuentra bien?», «Claro, es sólo que... disculpe».
     En cuanto el ascensor se detuvo, salí a toda prisa, buscando el auxilio de las calles de los suburbios. Deambulaba sin rumbo ni misión. El bulevar se encontró vacío durante los primeros cinco minutos, después repetidas sombras se aparecieron, impasibles y tranquilas. Llevaba la mirada gacha, creyendo que miles de ojos se detenían a verme. «¡Este sujeto está loco!», seguro murmuran entre ellos. 
     Con las manos en los bolsillos seguí avanzando a paso nervioso y agitado. Los murmullos se hacían cada vez más fuertes y las pisadas vecinas me hacían temblar de angustia. Millones de sonidos repiqueteaban en mis oídos al borde de lo insoportable. 
     Y todo cesó.
     Choqué con una mujer de estilo vulgar, de "contratos compra-venta": «Te compró un tiempo que tú mismo haz de pagar. A cambio te vendo mi cuerpo, que sin duda disfrutarás», parecía ser su slogan, que llevaba tatuado en las piernas y los pechos descubiertos, en sus labios carmín y sus ojos de gata. 
     Concentré mi vista en su rostro... ¡Mariana! Me eché para atrás completamente aterrorizado. Di giros sobre mi propio eje tratando de encontrar una mano amiga... ¡Ninguna! ¡Miles de Marianas se encontraban a mi alrededor, con cara de burla estrafalaria y punzante!
     Estaba la Mariana secretaría y la bombera, la prostituta y la maestra, la estudiante y la camarera. 
     Pero ¿cuál era la real?

**

     Aunque las paredes no muestran más que una blancura ilusoria, te sigo viendo en todas partes. En el doctor que me atiende y en la enfermera que me alimenta. En los platos, almohadas y rendijas.
     A final de cuentas estamos sólo tu y yo. Pero esto no es lo que esperaba. 
     No hay duda: las peores locuras vienen tejidas con fibras de amor...