lunes, 28 de diciembre de 2015

Pensamientos en el cielo.

     Apagón.
     De manera repentina y casi como un grito de auxilio el pueblo entero se llenó de oscuridad. Una tranquilidad espesa y exquisita se presentó, y un silencio apacible acompañaba la música ochentera que sonaba en el radio de pilas. Encendimos unas cuantas velas y así permanecimos hasta que decidí salir al jardín.
     El viento era fuerte pero agradable; los árboles se ondeaban al compás de una melodía inexistente; afuera, un camión pasaba para romper por un instante esa paz cicatrizante. Levanté la cabeza y con sorpresa me di cuenta del espectáculo que había: sin Luna y sin iluminación terrestre, las estrellas lucían lindas, con un brillo salvaje, abundante y fresco.
     ¿Acaso era esto la verdadera belleza? Seguro que sí. Después de todo, cuando las luces se apagan, reina el imperio de lo perfecto: el cielo hermoso, la negrura apacible, el sexo táctil, la luz de las velas y el viento silencioso...
     Sentí el cuerpo helado y decidí regresar adentro.
     La llama de las velas se había extinguido junto con la música de la radio. A tientas y un tanto apresurado caminé a mi habitación. Ella ya estaba dormida, al descubierto y encogida, seguramente muriendo de frío. La observé por un momento solamente para confirmar que, en efecto,  sus pechos eran su mayor atributo. Sus pobres pezones se mantenían erectos buscando un poco de calor.
     Con cautela y lentitud me fui aproximando a ella, hasta quedar recargado sobre su vientre frío.
     Tomé la colcha y me envolví junto a ella que aún entre sueños tiritaba —con justa razón—.
     «¿Cuánto amor hay dentro de estas noches de deseo?». Pensé, mientras yacía recostado en su cuerpo desnudo.
     Y cerré los ojos.
     Y comencé a dormir...



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